La impotencia de la democracia

Toda transición hacia un mundo nuevo se anticipa con una caída, aunque los pilares que mantienen el orden precedente se hayan convertido ya en un fetiche. Sucedió con el derrumbe llameante de las Torres Gemelas, el momento que marca nuestra vulnerabilidad expuesta, la llegada del liberalismo del miedo. Y volvió a ocurrir con las piedras de Notre Dame, icono de la vocación universal y el descaro civilizatorio de Occidente. Pero antes de esas caídas estuvo la del muro de Berlín, el símbolo con el que, con permiso del analista político Robert Kaplan, decidimos dejar de pensar que los mapas contaban historias. Fue ahí, según el politólogo búlgaro Ivan Krastev, cuando el liberalismo “abandonó el pluralismo a favor de la hegemonía”. El efecto, hoy, es el pánico reaccionario que naturalmente surge cuando pretendemos aferrarnos a algo sin formular alternativas. Va unido a la pérdida de la confianza en el progreso y al triunfo de dos cosmovisiones del miedo: la populista, que mira hacia atrás en busca de tiempos mejores, y la verde, que mira hacia un dudoso futuro desde el colapso de las expectativas para la supervivencia de la especie. El declive del orden liberal está vinculado a esto y es algo que está ahí desde hace tiempo —en columnas, análisis y discursos políticos— como una sombra fantasmagórica mimetizada con el profundo sentimiento de desorientación que vivimos en Europa, una especie de revival musiliano del pueblo sin atributos. “La Europa que protege”, la defensa de “nuestro modo de vida”, el “continente fortaleza”… son solo algunos emblemas que muestran los temerosos titubeos de un continente que siempre fue aventurero y soberbio. 

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